Más vale tarde que nunca... Pero desde luego este año se me ha ido completamente de las manos el cierre del blog y nos hemos plantado en noviembre! Una mudanza y un peludo de cuatro patas son los culpables, sumado a la vorágine de trabajo que trae consigo el otoño y al inicio de la universidad. Vamos, que no he sacado tiempo hasta ahora, mil disculpas. Aunque ya quede muy lejano en el tiempo, pues han pasado nada más y nada menos que dos meses y pico, era muy necesario explicar los últimos días de nuestro viaje a Filipinas. Estos blogs, al final, no dejan de ser más que diarios que cuando ha pasado el tiempo recuperas y te meas de la risa recordando las anécdotas vividas. Teniendo en cuenta que nuestras memorias están bastante de capa caída, esta es la mejor manera de revivir las experiencias veraniegas en el otro lado del mundo.
Finjamos que aquí no ha pasado nada, si? Nos plantamos en el veintitantos de agosto, en el aeropuerto de El Nido, Palawan, dos días después de las peores inundaciones de toda la historia del país, que se dice pronto. El aeropuerto de El Nido es bastante singular. Es tan singular que no tiene ni entrada, ni puerta, ni escáners, ni pantallas con los vuelos, ni cinta para poner las maletas. En cambio tiene barra libre de té, un búfalo pastando, tarjetas de embarque de madera reutilizables, un grupo de filipinos que te despiden cantando con las bandurrias y tres senyores muy majos que con un palito hurgan en tu mochila hasta dar con todas y cada una de las maravillosas conchitas que has ido pacientemente recogiendo de las playas durante un mes (inciso: NO del fondo marino, jamás saquearíamos los fondos, para nosotros son más sagrados que el Vaticano, sino de la arena de la playa).
Con la mejor de sus sonrisas te dicen que las van a devolver a la playa donde estarán estupendamente. Todos los aeropuertos del mundo deberían ser así, qué relajado era todo, y qué maravilloso que te despidan cantando, te vas con un buen rollo que tela, no como en los aeropuertos convencionales, que te hinchas a pasar controles descalzo y maldices a los polis por no dejarte entrar la botella de agua.
Total, que después de un vuelo super tranquilo que nos permitió librarnos de las 10 horas de furgona por caminos de cabras a cambio de un buen puñado de euros, llegamos a Manila. El panorama era bastante mejor de lo que nos imaginábamos: habían achicado casi toda el agua del aeropuerto y las calles habían recuperado más o menos la normalidad. Como tantas otras veces, dimos con una maravillosa familia que se apiadó de nuestra pinta de guiris trastornados y nos llevó en su coche hasta la estación de autobús (más majos los filipinos, pa comérselos!) donde cogimos el que nos llevó a Angeles, desde donde salía nuestro vuelo a Hong Kong. Vuelo que jamás salió, tal cual.
A pesar de llegar con 4 horas de antelación por si las moscas y que todas las pantallas apareciera el esperanzador "ON TIME", fue abrir el mostrador y la señorita de turno informarnos de que las condiciones climáticas habían impedido que los aviones llegaran y, por tanto, hasta como pronto las 4 de la mañana no se podría volar. Minutos más tarde y siguiendo los gritos desesperados de una señora filipina (jamás grita un filipino a no ser que la cosa sea de vida o muerte) me di cuenta de que llevaban dando falsas esperanzas acerca de los vuelos a Hong Kong desde las 10 de la mañana. Por los pelos y por la VISA conseguimos un vuelo que salía en la media hora siguiente con otra compañía y llegamos a Hong Kong a las 9 de la noche.
Después de 1 mes en Filipinas la llegada a Hong Kong fue un drama. Éramos como Paco Martínez Soria aterrizando en Madrid con su maleta de cartón y sus chorizos del pueblo. Hong Kong es un p*** locura. No tengo otra forma de describirla. No voy a entrar en detalles pero tardamos una hora de relloj, con sus 60 minutos, en encontrar el hostel que habíamos reservado, estando a escasos 50 metros de él. No había wifi abierto en ningún sitio, cuando en Filipinas hasta los autobuses públicos tienen internet gratis, y a los hongkoneses lo siento mucho pero les falta un hervor y bastantes cursos de inglés. Mucha tecnología, mucho Iphone y no eran capaces de indicarnos una puñetera calle estando al lado.
Totalmente desesperados, con ganas de llorar y de coger el primer vuelo de regreso a El Nido para no salir de allí jamás en la vida, conseguimos llegar al hostel, que estaba en un edificio hormiguero de 14 plantas, a razón de 8 o 10 puertas por planta, de locales digamos de moral bastante distraída. El "hostel" resultó que era barato porque en las camas no cabría ni un hobbit del Señor de los Anillos. A Víctor le habría llegado más o menos por la rodilla el colchón.
No hizo falta decir nada al respecto y el chico nos ofreció un local mucho mejor y con una cama más grande justo al otro lado de la calle. Ese sitio supuestamente "mejor", además de sucio y grimoso, con poca iluminación y moqueta roja en el suelo, era lo que viene siendo un meuble de los de antes. Sí, sí, de esos donde alquilan las habitaciones por horas señoritas luminarias, como diría el amigo Cuco de Panglao. Tendría que haber echado una foto pero la depresión del momento me lo impidió.
Eran las 12 de la noche y la posibilidad de salir con las mochilas como caracoles en busca de una habitación a la buena de Dios no era nada viable, así que decidimos poner nuestras sabanitas, darnos una ducha tocando lo absolutamente imprescindible y bajarnos al 7eleven a por cerveza. A las 2 de la mañana Hong Kong parecía Barcelona en plenas fiestas de Gracia. La calle estaba absolutamente llena de gente, no paraban de pasar autobuses y todas las tiendas y restaurantes estaban abiertos.
No dábamos crédito, era alucinante pero en su connotación más negativa. Polución y humo de fritanga se unían a la humedad del ambiente y daba ganas de vomitar. Ni la cerveza mejoraba la escena pero también hay que comprender que veníamos de levantarnos a las 7 de la mañana, pasando por el drama del vuelo, y habíamos pasado de un país amigable y calmado a una jungla urbana en toda regla. La mañana siguiente todo se veía distinto. Encontramos una habitación decente en un hostel de verdad y nos lanzamos a la calle ya con una actitud más positiva.
He de decir que la gastronomía de Hong Kong fue la manera más rápida de reconciliarnos con la ciudad. Tienen cosas absolutamente deliciosas y sus Mcdonald's (todos) abren 24h a precios irrisorios, por lo que nuestra supervivencia estaba garantizada. También tiene decenas de cosas que ver y visitar, y muchísimos medios de transporte distintos a cuál más original. En los dos días que pasamos allí viajamos en taxi, autobús, metro, barco y tranvía de dos pisos, el único que existe en todo el mundo (o eso dicen)!
Total que en 48 horas finiquitamos todos los sitios de interés turístico y aun nos quedó tiempo para ir de compras! Como descripción, la expresión trilladísima "ciudad de contrastes" aquí no encaja. De contrastes nada, la ciudad es una alfombra gigante de edificios a cuál más alto y espectacular que el anterior. Pensaba encontrarme con algo similar a Shanghai pero la verdad es que no es bien bien así.
Hong Kong sería la Barcelona de China. Muy cosmopolita, muy llena de gente de todas las partes del mundo, especialmente blanquitos trajeados, con el encanto de las ciudades con mar, pero también muy tradicional con su cultura. Las calles estaban a rebosar de joyerías, muy importantes en los compromisos nupciales según nos explicó Cathy, y de tiendas de medicina tradicional china que me daba ganas de entrar y liarme a destrozar los frascos llenos de aletas de tiburón disecadas y otras salvajadas similares.
No tiene una zona antigua bajita y mona como en otras ciudades, es toda monstruosamente alta porque tiene tan cantidad de habitantes que sólo era posible construir hacia arriba para que cupieran todos. Sólo se diferencian los edificios antiguos de los nuevos porque son aquellos que sólo mirarlos piensas si aquí hay un incendio no sale nadie con vida.
Tampoco hay un montón de templos como pasa en Shanghai, hay pocos y desde luego no son ninguna maravilla. Pero en su conjunto, con sus barcos, su paseo marítimo emulando al paseo de la fama de Hollywood, con sus parques llenos de carpas y tortugas, pues está muy bien. Además, para aquella gente con bolsillos desahogados, tienen las tiendas más maravillosas y lujosas del mundo, las mejores marcas y las moderneces más absolutas.
El balance de este año es, como no, inmejorable! Nos lo hemos pasado realmente bien, hemos conocido a gente muy interesante, culturas distintas, sitios maravillosos, playas de ensueño y fondos marinos espectaculares. De lo mejorcito de Asia señores, no dejéis de ir a Filipinas. Y recordad: It's more fun in the Philippines :) Hasta el año que viene! Mmmmmua!!!
Doble V Team

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